El canibalismo en Europa, el poder curativo de la muerte
Conocemos numerosos casos de mutilaciones, como el asesinato de jorobados y albinos con el único fin obtener ingredientes para medicamentos tradicionales. Estos ejemplos de otras culturas parecen estar lejanas de nosotros, pero buscando por la historia su pueden encontrar aquí en Europa casos parecidos, solo hay que adentrarse en la época anterior a la Ilustración.
Según he podido comprobar, los europeos fuimos caníbales no hace mucho tiempo, hasta finales del siglo XVIII, se pueden encontrar múltiples recetas de medicamentos donde abundan la carne humana y la sangre como ingredientes principales.

Una receta escrita por Johann Schröder, un farmacéutico alemán en el siglo XVII utilizaba carne de un cadáver, muerto de manera violenta con ninguna enfermedad, la cual se cortaba en pequeños trozos o rodajas y espolvoreado con mirra y un poco de aloe, sería un buen remedio para el estomago.
En la Europa del siglo XVI y XVII, las recetas de este tipo eran tan comunes como la utilización de hierbas, raíces y cortezas. Richard Sugg, historiador de medicina de la Universidad de Durham en Reino Unido, que actualmente está escribiendo un libro sobre el tema dice que las partes de cadáveres y sangre humana eran moneda común en cualquiera de las farmacias europeas. Incluso comenta que era difícil en muchos momentos conseguir tales ingredientes, dado su alta demanda. Sugg está convencido de que el canibalismo era una práctica habitual en aquellos tiempos.
Sugg incluso atribuye un significado religioso a la carne humana. Para algunos protestantes, sirvió como una especie de sustituto de la Eucaristía, o la degustación del cuerpo de Cristo en la Santa Comunión. Afirma que algunos monjes comían una especie de mermelada cocida a base de sangre de los muertos.

En definitiva, nobles y eruditos creían en el poder curativo de la muerte. En Dinamarca, por ejemplo, era común beber sangre humana para curar la epilepsia. Los cráneos eran usados como medicina, además del musgo que crecía en su interior que era un buen remedio contra las hemorragias. La grasa de los cadáveres se suponía que aliviaba el reumatismo y la artritis, mientras que una pasta hecha de cadáveres se cree que ayudaba contra las contusiones.
Se pensaba que los organismos tenían una vida útil predeterminada. Si un cuerpo moría de forma no natural, lo que quedaba de esa vida podía ser utilizado, de ahí la preferencia por las personas que eran ejecutadas.
A finales del siglo XVIII y con la llegada de la Ilustración, los médicos trataron de desprenderse de su pasado supersticioso. Una era había llegado a su fin y con ella el interés en las recetas como las del británico John Keogh, un predicador que recomendaba el corazón humano pulverizado como remedio a los mareos.
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